Charla-Debate


Jueves 23 de abril, 19hs
Centro Cultural de la Cooperación - Sala Jacobo Laks - Av. Corrientes 1543
Entrada libre y gratuita

En esta mesa se analizará y debatirá en torno a la ofensiva imperial de Estados Unidos sobre Venezuela y acerca de los ejercicios de "golpe blando" que amenazan a los gobiernos de Brasil y Argentina en los últimos tiempos.
Expositores:
Atilio Borón (CONICET-Director del PLED-CCC)
Leandro Morgenfeld (CONICET-UBA)
Diego Lluma (UNSAM)
Organiza: Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de San Martín, Departamento de Historia del CCC. Sala Jacobo Laks [3º P] 19:00

viernes, 17 de abril de 2015

Entrevista: “Estados Unidos quiere recuperar su patio trasero, que es América Latina”



Entrevista a Leandro Morgenfeld en "L'Omblico del Mondo", en Radionauta FM106.3, La Plata


“Si EEUU tuvo que hacer un cambio de estrategia es porque no pudieron voltear a los Castro. Eso es admitir una derrota”, dijo Leandro Morgenfeld docente, historiador de CONICET y autor de Vecinos en Conflicto y Relaciones peligrosas; Argentina y Estados Unidos. Analizó la cumbre de las Américas que se llevó a cabo esta semana en Panamá y agregó: “Estados Unidos quiere recuperar su patio trasero, que es América Latina. ¿Qué va a hacer la Celac, el Alba, las organizaciones sociales de nuestramérica frente a este cambio de política de Estados Unidos?”


- Escuchá acá el audio completo de la entrevista


Mesa-debate: "Restauración conservadora y asedio a las democracias populares en América del Sur"



Jueves 23 de abril de 2015   19hs
Centro Cultural de la Cooperación - Sala Jacobo Laks 
Av. Corrientes 1543
Entrada libre y gratuita

En esta mesa se analizará y debatirá en torno a la ofensiva imperial de Estados Unidos sobre Venezuela y acerca de los ejercicios de "golpe blando" que amenazan a los gobiernos de Brasil y Argentina en los últimos tiempos.

Expositores: 
Atilio Borón (CONICET-Director del PLED-CCC)
Leandro Morgenfeld (CONICET-UBA)
Diego Lluma (UNSAM)


Organiza: Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de San Martín, Departamento de Historia del CCC. Sala Jacobo Laks [3º P] 19:00

jueves, 16 de abril de 2015

"Retrato de las Américas en la Cumbre"



Por Claudio Katz

Los grandes medios de comunicación presentaron la Cumbre de Panamá como el inicio de una nueva era de convivencia. Ponderaron el fin de la guerra fría y atribuyeron a Obama una postura de distención opuesta a la belicosidad de Maduro. También contrastaron la reintegración de Cuba a la región con el aislamiento de Venezuela y evaluaron al encuentro como un éxito de la diplomacia estadounidense. Este diagnóstico fue expuesto antes y después del cónclave, como si la reunión no hubiera aportado nada relevante.
Pero este relato omitió que 33 de los 35 mandatarios presentes rechazaron la imputación de Venezuela como una “amenaza a la seguridad estadounidense”. Todos reclamaron la derogación de la orden ejecutiva, que dispone bloqueos de bienes y restricciones a los visados de ciudadanos de ese país. Esta exigencia fue expuesta en enfáticos discursos que ningún socio del imperio contradijo. El propio Obama prefirió retirarse del plenario para eludir esos cuestionamientos. En un marco adverso Estados Unidos debió posponer su agenda.

EL LIBRETO Y LA REALIDAD

                Obama necesitaba ganar la pulseada desatada por el decreto contra Venezuela para retomar las iniciativas de hegemonía imperial. El afianzamiento de esa dominación fue el objetivo inicial de la primera Cumbre (Miami-1994) y del lanzamiento posterior del ALCA (Quebec-2001). El naufragio de este proyecto en Mar del Plata (2005) determinó el aislamiento del gigante del norte en el último cónclave (Cartagena-2012). La creación de nuevos organismos sin presencia estadounidense (UNASUR-2008 y CELAC-2011) acentuó ese retroceso e incentivó el reconocimiento de Cuba.
Después de 53 años David le ganó al Goliath. El imperio no pudo quebrar la revolución cubana y Obama debió liberar a los cinco luchadores que mantenía cautivos. Raúl Castro inauguró el retorno del país a los encuentros presidenciales, con un categórico reclamo de inmediata derogación de la orden contra Venezuela.
                Todas las teorías que han contrapuesto el “nuevo realismo diplomático” de Castro con el “vetusto radicalismo discursivo” de Maduro, ignoran el concertado liderazgo que asumieron ambos gobiernos, en la batalla contra el decreto yanqui. Esta unanimidad fue acompañada con fuertes discursos de otros mandatarios.
                Ninguno de los presidentes derechistas (Colombia, Perú, Paraguay) sostuvo el ataque a Venezuela. Incluso los pequeños países del Caribe que Obama visitó antes de la reunión rechazaron el atropello del Departamento de Estado. Lo mismo ocurrió con Chile, Costa Rica y Uruguay que mantienen grandes distancias con el proceso bolivariano.
                La decepción de los funcionarios estadounidenses fue mayúscula y los voceros de 26 ex presidentes derechistas sólo atinaron a objetar una “compra de voluntades” por parte de Maduro. Como es habitual no aportaron ningún indicio de ese tráfico.
                A Panamá arribaron todas las figuras del golpismo antichavista. Hicieron mucho ruido pero tuvieron poco impacto sobre la Cumbre. Han quedado muy debilitados por el fracaso de la última asonada y no pudieron responder con guarimbas, a la detención de los conspiradores Leopoldo López y Antonio Ledezma.
                También los líderes de la contrarrevolución cubana llegaron en masa desde Miami, portando su nuevo disfraz de “representantes de la sociedad civil”. Con ese maquillaje retomaron su proyecto de restaurar el viejo status de la isla como casino, prostíbulo o eslabón del narco-tráfico. 
                La delegación de los gusanos incluyó al propio asesino del Che y ensayó todo tipo de provocaciones. Promovieron cacerolazos, griterías frente a las embajadas, interrupciones en las conferencias de prensa y conflictos con los custodios. Pero no lograron alterar el clima político de la Cumbre.
                Obama recurrió a las sonrisas para lidiar con la generalizada oposición a su decreto. Optó por la discreción y no pudo impedir la ausencia de una declaración final del encuentro. Un borrador plagado de criterios neoliberales -en materia de salud, cambio climático y transferencias de tecnología- terminó en el archivo.
Los grandes medios omitieron estos datos. Sólo vieron lo que previamente habían imaginado. Invirtieron la realidad y presentaron como un logro estadounidense la derrota que sufrió Obama. Mantuvieron la distorsión informativa que caracteriza su labor y nuevamente abandonaron cualquier vestigio de profesionalidad periodística.

                               ACTITUDES Y ARGUMENTOS

El contraste de proyectos que afloró en la Cumbre fue anticipado por un contrapunto de actitudes. Obama desembarcó en Panamá con un gran despliegue de aviones, helicópteros y autos blindados. Esa demostración no guardó ninguna proporción con las necesidades de seguridad del mandatario. Sólo apuntó a recordar que el potencial destructivo del imperio no es una ficción de Hollywood.
En cambio Maduro se dirigió de inmediato al barrio popular de Chorrillos, para homenajear a las víctimas de la última invasión de los marines (1989). Recordó el derrocamiento de un dictador designado por los propios estadounidenses y ondeó la bandera panameña en un lugar olvidado por todos los funcionarios.
Esta misma conducta adoptó Evo durante su estancia. Proclamó que “estamos mejor sin la embajada norteamericana” y refutó el mito de una próxima “ayuda” estadounidense a Cuba. Destacó que el imperio debería indemnizar a la isla por el acoso que impuso durante medio siglo.
El cuestionamiento de la orden ejecutiva contra Venezuela dominó la Cumbre. El propio Obama descalificó la presentación de ese país como una “amenaza” y justificó el decreto como una formalidad burocrática. Pero no pudo explicar por qué razón mantenía esa disposición.
La peligrosidad de Venezuela es una fantasía insostenible. El país no invadió territorios ajenos, no mantiene guerras con sus vecinos y ha sido un activo promotor de las negociaciones de paz en Colombia. Por el contrario Estados Unidos gestiona enormes bases militares en Perú, Paraguay, Colombia y las Antillas, maneja los mares desde Comando Sur de Miami, controla los cielos con radares de última generación y convalida el arsenal que instalaron los británicos en Malvinas.
Además, el Pentágono espía en forma descarada a los diplomáticos, funcionarios y presidentes de la región, intercepta los correos electrónicos de todos los individuos y supervisa los servidores estratégicos de Internet. Venezuela no desestabilizó a ningún gobierno, pero el imperialismo es el principal artífice de los golpes parlamentarios, judiciales, destituyentes y policiales de los últimos años.
 Estados Unidos no renunció a las invasiones del pasado. Tampoco se encuentra “más preocupado” por Medio Oriente, China y Ucrania que por América Latina. La orden ejecutiva contra Venezuela es un primer tanteo de escaladas de mayor alcance.
Los funcionarios estadounidenses justifican su agresión con denuncias de violaciones a los derechos humanos. Pero no aportan pruebas de ninguna índole. Dictan lecciones de democracia ocultando los recientes informes de torturas de la CIA, la continuidad de Guantánamo y la vigencia de la pena de muerte en su propio territorio.
El Departamento de Estado evita, además, cualquier comparación de Venezuela con las administraciones derechistas de la región. Ninguna acusación contra el gobierno bolivariano tiene el alcance de los asesinatos en Honduras, los crímenes en México o las persecuciones en Colombia y Perú.
La delegación económica estadounidense intentó alumbrar en Panamá un pequeño Davos tropical. Propició la presencia de multimillonarios y estrellas de Wall Street en los foros empresariales y presentó el lema de la Cumbre (“Prosperidad con equidad”), como una realización en curso. Tampoco faltaron los elogios a las empresas transnacionales que esquilman a la población.
Los expertos yanquis exaltaron al capitalismo silenciando los sufrimientos que impone ese sistema a todos los desposeídos. Contrapusieron las desventuras de los gobiernos “populistas” con los logros de las administraciones guiadas por el mercado, sin hablar de la precarización laboral en Perú, del desastre de la jubilación en Chile o de la tragedia de los emigrantes en Centroamérica.
Los neoliberales exhibieron a Panamá como un modelo exitoso. Resaltaron las torres que brotan por toda la ciudad, omitiendo su financiación con dinero lavado del narcotráfico. Alabaron el crecimiento del istmo, sin mencionar la segmentación social y el trabajo informal de una población condenada a duros trabajos en la construcción y los servicios de hotelería.
                Todo el establishment ensalzó la convocatoria de Obama a olvidar el pasado y hablar del futuro. Los medios contrastaron ese pragmatismo con las “lecciones de historia” que ensayaron sus oponentes. Descalificaron la reivindicación de Panamá en la gesta de Bolívar que hizo Maduro y el legado de intervenciones imperiales que recordó Raúl Castro.
Pero este desprecio mediático del pasado quedó naturalmente acotado a Latinoamérica. Los escribas del Norte nunca extienden esa mirada a la trayectoria de Estados Unidos. Jamás se burlan de los Padres Fundadores o de la guerra librada contra el hitlerismo. Su hostilidad hacia la historia sólo irrumpe cuando esa revisión ilustra la continuidad de la opresión imperial.

LOS LÍMITES DE UNA CONTRAOFENSIVA

Estados Unidos arremete contra Venezuela para controlar la mayor reserva petrolera del planeta. La primera potencia utiliza actualmente su provisión de crudo por medio del shale para desestabilizar el proceso bolivariano, acentuando la depreciación internacional del combustible.
Estados Unidos no tolera las alianzas extra-regionales que concertaron Chávez y Maduro. Tampoco digiere la voluntad de resistir una confiscación petrolera semejante a la perpetrada en Irak o Libia. 
La confrontación en curso es frivolizada por los analistas que presentan el conflicto entre Obama y Maduro como un “choque de vanidades”. Acusan al mandatario venezolano de exagerar la disputa, para distraer a la población de sus necesidades inmediatas.
Con ese tipo de tonterías intentan enmascarar el proyecto estadounidense de manejo de los recursos naturales de América Latina. La apropiación de la renta petrolera venezolana es el primer paso de una recaptura general de tierras, aguas y minerales del continente.
Obama impulsa este plan con una nueva combinación de zanahorias y garrotes. Por eso negocia con Cuba sin abandonar la beligerancia. Reabriría la embajada en la isla, pero mantiene fuertes exigencias para levantar el bloqueo.
El presidente estadounidense se fotografió con Raúl Castro, pero también se reunió con los gusanos de Miami. Complementó su amigable retórica con la protección de los golpistas que adiestra Washington.
Esta política repite la estrategia de negociar con Irán sin cerrar las puertas al bombardeo. La misma pulseada que Obama mantiene con los lobbies de Israel y Arabia Saudita se extiende a los ultra-derechistas cubano-americanos. Su estrategia es avalada por Hilary Clinton y cuestionada por los candidatos republicanos a la presidencia.
Ambas formaciones juegan el mismo partido de la plutocracia estadounidense, adaptando sus políticas a las necesidades de ese sistema. Pero cualquiera sea el mandatario que suceda a Obama deberá lidiar con las mismas dificultades, para recuperar el terreno perdido en el patio trasero.
La primera potencia no logró revertir en Panamá el golpe sufrido en Mar del Plata y Cartagena. Esta vez no se cayó el ALCA, pero el afianzamiento de la Alianza del Pacífico será inviable sin una recomposición del poder geopolítico estadounidense. La OEA ha perdido funcionalidad y la Cumbre no generó ningún esbozo de la estructura requerida por el imperio para restaurar su primacía.
Tampoco la derecha latinoamericana salió airosa de la reunión presidencial. Actualmente muchos conservadores ensayan una reinvención con discursos sociales, compromisos de asistencialismo y perfiles juveniles. Proclaman la disolución de las ideologías, despolitizan las campañas electorales y enfatizan la centralidad de la gestión.
Esta estrategia convive con acciones más directas. En Argentina promovieron recientemente un golpe judicial con el estandarte de un fiscal que trabajó para Israel. En Brasil impulsan marchas callejeras para realinear la política exterior del país en sintonía con Estados Unidos. En México buscan perpetuar un estado de guerra social.
Pero ninguna de estas acciones ha modificado el escenario legado por rebeliones sociales que modificaron las relaciones de fuerza, forzaron concesiones de los capitalistas y reavivaron las demandas nacionales y democráticas. Este proceso continúa abierto e incluye un piso ideológico de avances en la conciencia popular, que limita la contraofensiva derechista.

  LAS OBSTRUCCIONES INTERNAS

La Cumbre corroboró el significativo nivel de autonomía política que ha logrado América Latina. Pero esa mayor independencia coexiste con el estancamiento de todos los proyectos de integración económica.
Mientras se inauguran nuevas sedes de organismos regionales y se despliega una gran retórica a favor de la acción común, las principales iniciativas de complementación económica languidecen. El anillo energético, la infraestructura compartida, el manejo conjunto de las reservas, los sistemas cambiarios coordinados y los fondos de estabilización monetaria permanecen como simples propuestas.
La perpetuación de la inserción internacional de América Latina como proveedora de materias primas, no es responsabilidad exclusiva de los gobiernos derechistas. El mismo esquema de especialización exportadora, agricultura intensiva, minería de cielo abierto y maquilas industriales se verifica en las administraciones de signo opuesto.
La suscripción de tratados de libre comercio tampoco es patrimonio de los presidentes neoliberales. El gobierno de Ecuador negocia un convenio del mismo tipo con Europa y Uruguay discute la implementación de tratados semejantes (TISA).
Además, todos acuerdan en forma individual convenios con China que agravan la primarización. Aceptan compromisos de exportaciones básicas e importaciones de manufacturas, que no incluyen obligaciones de inversión productiva o transferencia de tecnología. Esta postura preserva las viejas fracturas entre países que privilegian los intereses de sus burguesías locales en las negociaciones externas.
Esta adaptación al orden neoliberal global puede desembocar en traumáticas consecuencias, si se confirma un giro económico adverso en el escenario internacional. Las materias primas ya no aumentan, el crecimiento se ha frenado y la valorización del dólar estimula la salida de capitales. Ciertos gobiernos comienzan a implementar devaluaciones, que anticipan agresiones al nivel de vida popular.
Más peligroso es el giro económico de varios gobiernos centroizquierdistas. En Brasil ya aceptaron la agenda impuesta por la Bolsa, designaron ministros seleccionados por las grandes empresas y preparan programas de ajuste fiscal diseñados por los bancos.
Este curso de adaptación al establishment desmoraliza a la población y facilita la canalización derechista del descontento. En algunos países ya se insinúan estas tendencias, como respuesta a las frustraciones generadas por las vacilaciones del progresismo. También se vislumbra una tentación coercitiva de presidentes que confunden las demandas populares con la desestabilización derechista.
El punto crítico de América Latina no se ubica actualmente en la resistencia a Estados Unidos. El mayor problema radica en la estabilización de modelos capitalistas adversos a las aspiraciones de las mayorías populares.
La significativa soberanía política que ha logrado América Latina en los últimos años no es sostenible con orientaciones económicas regresivas. La experiencia demuestra que las aspiraciones de autonomía decaen con el afianzamiento del poder burgués. Sólo un camino de ruptura total con el neoliberalismo, protagonismo popular, radicalización política y confrontación con la clase capitalista puede pavimentar el camino hacia Segunda Independencia.

ALEGRÍA EN LA OTRA CUMBRE

Los grandes medios tampoco registraron en Panamá la realización de una importante Cumbre de los Pueblos. En esa actividad confluyeron movimientos sociales que durante tres días compartieron un intenso programa de debate antiimperialista.
En la inauguración de ese evento fue muy visible por qué razón Panamá no es Miami. Hubo múltiples exigencias al imperio para que pida disculpas por la invasión de 1989 e indemnice a las víctimas. En las mesas de trabajo se analizaron demandas de larga data, como el levantamiento del bloqueo a Cuba, la devolución de Guantánamo, la independencia de Puerto Rico y el fin de la ocupación inglesa de Malvinas.
El encuentro reforzó la campaña mundial que reunió millones de firmas para exigir la derogación del decreto contra Venezuela. En numerosas ciudades del continente ese reclamo fue acompañado por movilizaciones y apuntalado por la adhesión de reconocidos intelectuales.
La Cumbre de los Pueblos consolidó una tradición de reuniones paralelas a los cónclaves presidenciales. A diferencia del encuentro oficial el evento popular fue coronado con una importante declaración final. En ese cierre hubo un estallido de entusiasmo cuando se percibió el triunfo logrado contra el decreto de Obama.
Ese clima aportó el mejor barómetro para evaluar lo sucedido en Panamá. Se obtuvo un éxito diplomático que afianza las esperanzas populares en América Latina.
                                                                                                                            
15-4-2015.



miércoles, 15 de abril de 2015

"Los desafíos para Nuestra América a partir de la aproximación entre Estados Unidos y Cuba" (Revista Huellas)




Acá se puede acceder a la publicación completa: http://huellasdeeua.com.ar/
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En la Sección Debates del número 8 hay varios artículos sobre las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba. Entre ellos, se encuentra, en las páginas 99-103, el siguiente:



Leandro Morgenfeld

Resumen

La normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba podría constituir, de concretarse, un quiebre significativo luego de décadas de agresiones contra el gobierno surgido de la revolución de 1959. Además, implicaría un cambio en la relación entre el coloso del Norte y Nuestra América, que en todos los foros regionales venía reclamando el fin de las sanciones contra Cuba y su reingreso en el sistema interamericano. Los anuncios realizados por Obama significan un triunfo para el pueblo cubano, que batalló contra el bloqueo y contra el aislamiento que Estados Unidos pretendió imponer a la isla, no reconociendo su derecho soberano a establecer su propio sistema económico-social y político. Sin embargo, también implican un gran desafío, tanto para Cuba –que desde 2011 viene implementando reformas económicas y podría recibir ahora un mayor caudal de inversiones y visitantes estadounidenses- como para América Latina y el Caribe, ya que la audaz iniciativa de Obama responde a las necesidades geoestratégicas de que Estados Unidos recupere la posición hegemónica que supo ostentar en la región a lo largo de todo el siglo XX. La anunciada distensión con Cuba, cuyo alcance se negociará en los próximos meses y dependerá de la correlación de fuerzas políticas en Estados Unidos y en Nuestra América, intentará ser utilizada por la Casa Blanca para relanzar las relaciones interamericanas y horadar la influencia del eje bolivariano.   

Palabras clave: Estados Unidos; Cuba; Distensión; Nuestra América; Desafíos


Desde que Colón desembarcó en Baracoa, al este de lo que hoy es Cuba, la mayor isla del Caribe se transformó en un lugar destacado de lo que varios siglos más tarde el genial José Martí denominó Nuestra América. Colonia fundamental del extenso imperio español, fue junto a Puerto Rico la última en desembarazarse de la tutela de Madrid. Luego de dos guerras de independencia, su autonomía fue apenas relativa, ya que debió sufrir la temprana intromisión de Estados Unidos (1898), país que luego firmó una paz con España, usurpó parte de su territorio –la Bahía de Guantánamo- e impuso condiciones lesivas a la nueva república –como la Enmienda Platt-, que terminó siendo una semi-colonia. Por décadas, el gran hermano del Norte transformó a la isla en una suerte de casino y prostíbulo propio, controló su economía y financió y apoyó militarmente a diversos gobiernos afines a sus intereses, desde Machado hasta la dictadura de Batista.
            A partir de 1959, cuando los guerrilleros barbudos desembarcaron en La Habana y voltearon al último dictador caribeño, una nueva historia comenzó. Para el pueblo cubano, que protagonizó una revolución primero anti-dictatorial y anti-imperialista, y luego socialista, ya nada sería igual. Cuba se transformó en un símbolo en Nuestra América –y más allá también-. Para los sucesivos gobiernos de Estados Unidos, era la muestra cabal de que el peligro comunista estaba a la vuelta de la esquina y amenazaba contagiar a todo lo que hasta ese entonces había sido su ordenado patio trasero. Había que actuar, en todos los frentes. Poco después de la revolución, Estados Unidos empezó a desplegar un arsenal de recursos para derrotar a los rojos que le habían arrebatado su isla: ataques militares  -invasión a Bahía de Cochinos-, atentados y desestabilizaciones –Operación Mangosta, acciones encubiertas de la CIA para fomentar a grupos contrarrevolucionarios, atentados contra Fidel Castro-, aislamiento diplomático –exclusión de la OEA en 1962, ruptura general de relaciones con Cuba votada en 1964-, sanciones económicas –bloqueo- y una furiosa campaña ideológica –en la isla y en todo el continente americano-. Esa política agresiva se mantuvo por décadas, apenas con un leve y fracasado relajamiento durante la Administración Carter.
            La tenaz resistencia del pueblo cubano, que supo construir y reconstruir la épica de una lucha entre David y Goliat, nunca dejó de sorprender al mundo entero y granjear a los cubanos una simpatía y un apoyo político que parecerían desmesurados para una pequeña isla con poco más de 10 millones de habitantes. La historia de Cuba, aún siendo parte y compartiendo un destino común con Nuestra América, se destaca por una serie de singularidades. Nadie podía prever en la posguerra que justamente allí triunfaría una revolución socialista. Tampoco que pudieran resistir una invasión militar orquestada por Estados Unidos, como la sufrida en 1961. Ni que la tercera guerra mundial estuviera a punto de estallar como consecuencia de misiles soviéticos detectados allí en octubre de 1962. Ni tampoco que pudieran los cubanos participar e impulsar movimientos revolucionarios en Asia y América, bajo el impulso primero, y la inspiración después, de Ernesto “Che” Guevara. Ni mucho menos que sobrevivieran al colapso de la Unión Soviética y al fin de la guerra fría. Hasta la longevidad de los hermanos Castro –de 88 y 83 años- parece desafiar lo previsible.
            A más de 55 años del triunfo de la revolución, Cuba volvió a concitar la atención internacional el 17 de diciembre pasado. En forma conjunta, Barack Obama y Raúl Castro anunciaron el inicio de la normalización de las relaciones bilaterales. Esa audaz movida política, precedida por meses de negociaciones secretas, tendrá impacto en Estados Unidos y en Cuba, pero también en toda Nuestra América, en los procesos de concertación y coordinación política –UNASUR, CELAC- y en los proyectos alternativos de integración regional –ALBA-.
            El giro del gobierno de Estados Unidos responde a una multiplicidad de causas, entre las que se destacan las razones geopolíticas: las agresiones fracasaron –nunca lograron derrumbar el sistema cubano- y son cada vez más repudiadas, en los foros regionales y en la mismísima ONU. En consecuencia, constituían un elemento de deslegitimación de la diplomacia estadounidense, a la vez que dificultaban el objetivo de Obama de reposicionarse en una región en la que en los últimos años avanza un eje contestatario –el bloque bolivariano- y una serie de proyectos de concertación política sin la participación de Washington, a la vez que se incrementan exponencialmente las relaciones económicas con potencias emergentes extra hemisféricas, como China. También hay motivaciones, aunque de menor jerarquía, económicas –empresas estadounidenses vinculadas al turismo, servicios y exportaciones agrícolas, que pretenden aprovechar mejor la apertura económica cubana-, electorales –Obama procura seducir a la comunidad latina, mayormente favorable al deshielo con la isla, a pesar de la oposición de los gusanos de Miami-, y hasta personales –el saliente presidente estadounidense busca reforzar su legado histórico, ser recordado como el presidente que, entre otras cosas, logró distender las relaciones con La Habana, como Nixon lo hizo con China-.
            Tras los anuncios de diciembre y las primeras medidas implementadas en enero, Obama podrá concurrir a la VII Cumbre de las Américas (Panamá, 10 y 11 de abril de 2015) mostrándose nuevamente como el presidente que pretende una relación entre iguales con sus pares del Sur –promesa con la que pretendió seducir a la región en la Cumbre de 2009, y cuyo fracaso palpable quedó patente en el cónclave interamericano de 2012, cuando se produjo una cubanización  de la Cumbre que hasta amenazó con la pervivencia de este tipo de encuentros-. Pretenderá mostrarse nuevamente como el paladín del multilateralismo y las negociaciones pacíficas, habiendo dejado atrás el unilateralismo guerrerista de su repudiado antecesor George Bush. Tendrá, así, mejores condiciones para insistir con la defensa de la democracia y el mercado como los fundamentos del desarrollo en la región, supuestos ejes para atacar a los llamados populismos latinoamericanos, y en particular para intentar aislar a los procesos más radicales, en Venezuela y Bolivia.
            Cuba, por su parte, debió avanzar hacia la distensión por las dificultades económicas que acechan su economía, potenciadas ahora por la crisis económica en Venezuela y Rusia, producto de la guerra del petróleo que derrumbó en los últimos meses el precio de ese vital insumo, dejó impotente a la OPEP y asestó un duro golpe a algunos de los principales adversarios de Estados Unidos y aliados en Cuba. El gobierno cubano viene implementando reformas económicas desde 2011, en lo que oficialmente denominan una “actualización del modelo”, que incluye una mayor apertura a las inversiones extranjeras y la mercantilización de ciertas actividades económicas, aunque el Estado preserva el control de los principales medios de producción. El bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos contra Cuba –repudiados por 188 países en la última Asamblea de la ONU- dificultó y dificulta enormemente cualquier restructuración económica. Las negociaciones bilaterales apuntan a un relajamiento de las sanciones y, si el Congreso estadounidense con mayoría republicana lo habilita, a derogar las leyes de 1992 y 1996, que profundizaron los padecimientos económicos en la isla. Para Cuba, el inicio de la normalización con Estados Unidos presenta enormes desafíos, políticos, económicos, sociales, ideológicos y culturales. Está en juego qué tipo de reformas van a aplicarse y cómo van a impactar en una economía que, reconocen todos, debe reformarse para poder recuperarse.
            Para Nuestra América –es decir, para los 33 países de América Latina y el Caribe- los desafíos no son menores. Cuba representó históricamente un símbolo: el de un país que mantuvo tenazmente su soberanía frente al coloso del Norte y el de un pueblo que, contra todos los pronósticos, eligió desarrollar una experiencia socialista en el Caribe, aún con todas las limitaciones estructurales que debió afrontar. Para las fuerzas de izquierda y progresistas de la región, Cuba tuvo y tiene una importancia capital, más allá de los debates sobre los alcances y límites que logró la revolución. A modo de ejemplo, el proyecto del ALBA, crucial para la construcción de un polo bolivariano, surgió de la confluencia de Venezuela y Cuba. La isla, sin formar parte de las Cumbres de las Américas, fue también un actor clave en la lucha de resistencia contra el ALCA y en su derrota en el cónclave de Mar del Plata, en 2005. En la Cumbre de Cartagena, hace 3 años, todos los países de Nuestra América plantearon que Cuba debía volver a la familia interamericana. Los países del ALBA lo pusieron como condición para volver a participar en ese tipo de cónclaves -escenario privilegiado para que el gobierno estadounidense imponga su agenda en la región-. El gobierno de Panamá, en 2014, resolvió invitar a Raúl Castro a la próxima Cumbre, quizás temiendo que la misma fracasara por la impugnación estadounidense a la reincorporación de Cuba. En este sentido, Estados Unidos quedó aislado en el continente. La anunciada distensión que anunció Obama, entonces, responde a la presión continental –en todas las cumbres de la UNASUR y la CELAC se viene reclamando la reincorporación de Cuba y el fin de las sanciones unilaterales de Estados Unidos- y sin lugar a dudas puede exhibirse como un triunfo de la coordinación política de Nuestra América, que supo construir una correlación de fuerzas inédita.
            Sin embargo, el giro impulsado por la Casa Blanca también presenta una serie de desafíos. En Cuba, el peligro es que la avanzada de capitales estadounidenses y la afluencia de millones de turistas estadounidenses provoquen un impacto económico e ideológico que aliente una restauración del capitalismo. A eso apunta Obama, al éxito de la estrategia del soft power, sumado a las acciones de desestabilización que pueden orquestar apoyando y financiando a grupos disidentes y profundizando las campañas ideológicas en favor del modelo americano, a partir de la nueva Embajada que se abrirá en La Habana. Para América Latina y el Caribe, también es un desafío, ya que parte de la unidad de la región se constituyó reivindicando el derecho soberano de Cuba a que su sistema económico y político sea respetado. El bloque bolivariano podría ahora verse debilitado ya que la denuncia de la agresiva política contra la isala fue uno de los ejes de su intervención política. Sin embargo, en la última Cumbre de la CELAC -28 y 29 de enero-, los mandatarios de Nuestra América, si bien saludaron los pasos tomados por Obama y Castro, también exigieron a Estados Unidos el fin del bloqueo contra Cuba y la pronta y real normalización de las relaciones –que incluyen, por ejemplo, que se retire a Cuba de la “lista negra” de países patrocinadores del terrorismo-. Eso muestra que los países de la región pueden seguir planteando una agenda propia –como en parte hicieron en la Cumbre de Cartagena de 2012- y exigiendo la desmilitarización –vía desmantelamiento de la extensa red de bases de la OTAN-, el fin de las situación coloniales –entre las que se destaca Malvinas-, el abandono de la fracasada “guerra contra las drogas”, el fin de las acciones de desestabilización de nuevo tipo, las iniciativas conjuntas contra los fondos buitre, y un sinnúmero de medidas que proponen las organizaciones sociales y políticas populares de la región, en la perspectiva anti-imperialista y anti-capitalista que recoge las mejores tradiciones del legado revolucionario cubano.
            En síntesis, el fracaso de las sanciones de Estados Unidos contra Cuba –que tanto Obama como Kerry debieron reconocer en diciembre pasado- es un gran triunfo tanto para el pueblo cubano como para el resto de los pueblos de Nuestra América que acompañaron por décadas esa lucha. Demuestra, una vez más, que la Revolución cubana, aún con todos los claroscuros de su larga historia, es una epopeya plagada de resultados destacables. Al mismo tiempo, supone una serie de peligros y desafíos tanto para Cuba –la restauración capitalista es una amenaza latente- como para el resto de las fuerzas sociales y políticas que apuestan a la construcción de una sociedad no basada en la explotación del hombre por el hombre. El desafío para Nuestra América es construir una correlación de fuerzas como la que logró derrotar el ALCA hace casi una década y no olvidar que, aún con formas menos revulsivas, el imperialismo estadounidense seguirá desplegando sus múltiples herramientas, sean ellas las más agresivas –acciones militares, apoyo a golpes de Estado, operaciones encubiertas, atentados, sanciones económicas- o las aparentemente más benévolas –programas de ayuda económica, ofrecimiento de créditos, acceso a su mercado, incentivo de las inversiones, asistencia técnica o tecnológica, promoción de los derechos humanos y la democracia-. El garrote y las zanahorias son las dos caras de una misma e histórica estrategia de dominación imperial. Y, como ya dijo el “Che” Guevara hace medio siglo, “no se puede confiar en el imperialismo ni un tantito así”. 



Obama avanza en el retiro de Cuba de la lista de países que promueven el terrorismo



EL MANDATARIO DE EE.UU. HIZO EL PEDIDO AL CONGRESO TRAS REUNIRSE CON CASTRO EN PANAMA

Página/12
El gobierno cubano reclama desde hace años la salida de esa lista de países patrocinadores del terrorismo y que supone la imposición de sanciones como la prohibición de la venta de armas y de ayuda económica.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, solicitó ayer al Congreso que retire a Cuba de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, en la que ese país permanece desde 1982. Los congresistas norteamericanos disponen de 45 días para evaluar el pedido del mandatario, quien exigió la medida apenas tres días después de celebrar una histórica reunión con su par cubano, Raúl Castro, en el marco de la Cumbre de las Américas celebrada en Panamá.

El portavoz de la Casa Blanca, John Earnest, afirmó que el secretario de Estado, John Kerry, concluyó que Cuba cumple con las condiciones para rescindir la designación como un Estado Promotor del Terrorismo. Por eso, recomendó al presidente norteamericano solicitar el retiro de la isla de dicha lista. “El presidente envió hoy (por ayer) al Congreso el informe requerido por ley y los documentos que muestran la intención de la administración de rescindir la designación de Cuba como país patrocinador del terrorismo”, señaló el portavoz. Los documentos, firmados por el presidente norteamericano, aclaran que durante los últimos seis meses no fueron encontradas pruebas que demuestren que el gobierno cubano haya apoyado a organizaciones terroristas. Además, los escritos indican que La Habana se comprometió a no fomentar ni financiar actividades llevadas a cabo por dichos grupos en el futuro. Earnest indicó que la revisión realizada por Kerry incluye aportes realizados por los servicios de Inteligencia estadounidense sobre las actividades de Cuba.

Por su parte, el secretario de Estado norteamericano explicó la decisión del mandatario. “Las circunstancias cambiaron desde 1982, cuando Cuba fue designada inicialmente como Estado patrocinador del terrorismo debido a sus esfuerzos por promover la revolución armada en Latinoamérica.” Kerry agregó que “aunque Estados Unidos ha tenido, y sigue teniendo, preocupaciones significativas y desacuerdos con un amplio rango de políticas y acciones de Cuba, esas preocupaciones y desacuerdos no entran en los criterios para la designación como Estado patrocinador del terrorismo”. El Congreso cuenta ahora con 45 días para estudiar la decisión de Obama y, en caso de desacuerdo, puede presentar un proyecto de ley para tratar de revocar el dictamen presidencial.

El gobierno cubano reclama desde hace años la salida de esa lista que elabora anualmente el Departamento de Estado, que supone la imposición de sanciones como la prohibición de la venta de armas y de ayuda económica, aunque esas medidas se daban de hecho entre ambos países. La inminente salida de la lista podría ser relevante para mejorar el acceso de Cuba a los mercados y sistemas de crédito internacionales. Además, se trata de un paso fundamental en el proceso de reapertura de las embajadas de ambos países.

Si la isla finalmente sale de la lista, no será el primer país que logra sortear esa calificación: Washington ya borró de la nómina a Yemen del Sur en 1990, tras su unificación con Yemen del Norte para conformar la actual república de Yemen; a Irak, Libia y Corea del Norte. Quedan, en cambio, Irán, desde enero de 1994; Sudán, desde agosto de 1993 y Siria, desde diciembre de 1979.

Las razones de Estados Unidos para mantener hasta ahora a Cuba en la lista eran su presunta acogida a miembros de la organización terrorista vasca ETA y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). A las certificaciones que dijo tener ahora la Casa Blanca se suma un hecho visible a todas las luces: La Habana es garante y sede de las negociaciones del gobierno de Colombia y las FARC para terminar el conflicto armado de más de 50 años.

En 1982, durante la Guerra Fría, el ex presidente norteamericano Ronald Reagan incluyó a Cuba en la lista. Para Washington, los “terroristas” protegidos eran también de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional de Puerto Rico –que impulsaba el movimiento de independencia de la isla–, del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), de El Salvador, y el Frente Sandinista de Liberación (FSLN) de Nicaragua.

Si bien La Habana no se pronunció respecto de la solicitud de Obama, el anuncio causó alegría en la isla, donde opinan que será fundamental para el avance en las negociaciones. Iraida Malberti, de 78 años, celebró en La Habana el pedido del mandatario norteamericano. “Hemos sufrido muchísimo, es una alegría, pero nunca debió haber sido, nunca Cuba debió estar en esa lista. Yo he sufrido en los viajes el tener que hacer la famosa cola, es lo más humillante, estuve una vez seis horas esperando en esa cola, es terrible, humillante”, dijo. Malberti trabaja en la televisión cubana como directora del ballet infantil y es viuda de Carlos Alberto Cremata Trujillo, un tripulante del avión de Cubana de Aviación que fue destruido por anticastristas en pleno vuelo el 6 de octubre de 1976 en Barbados y en el que fallecieron las 73 personas que iban a bordo. “Sencillamente se está haciendo justicia”, expresó.

Sin embargo, algunos grupos del exilio cubano en Miami –bastión del anticastrismo en el extranjero– criticaron los anuncios del presidente. El titular del Directorio Democrático Cubano, Orlando Gutiérrez, aseguró que la petición de Obama no tiene relación con la realidad cubana. “El régimen cubano sigue practicando el terrorismo internamente y también exportándolo y apoyando a los grupos terroristas de toda la región”, afirmó.


El anuncio tuvo lugar a apenas tres días del histórico encuentro entre Obama y Castro, que se dio en el marco de la VII Cumbre de las Américas de Panamá, y que significó el primero a ese nivel entre ambos países en más de 50 años. Washington y La Habana anunciaron el pasado 17 de diciembre un acuerdo para retomar las relaciones diplomáticas rotas en 1961, que contemplan como objetivo la reapertura de las embajadas.

Entrevista sobre la Cumbre de las Américas en "Latiendoamerica" (Radio UNS)




Programa Latiendoamerica, 11 de abril de 2015

2do Bloque del programa N°20 de Latiendoamerica, donde entrevistamos a Leandro Morgenfeld, con quien conversamos sobre la Cumbre de las Américas (que se estaban llevando a cabo en Panamá), el contexto actual de la región, pasado, presente y el panorama hacia el futuro teniendo en cuenta los últimos acontecimientos.



- se puede escuchar la entrevista completa acá

martes, 14 de abril de 2015

Dos balances opuestos sobre la Cumbre: Boron vs. Oppenheimer


  Por Atilio A. Boron (Página/12)


Tal como se esperaba, la cumbre de Panamá giró en torno de dos temas: la relación bilateral Estados Unidos-Cuba y la absurda “orden ejecutiva” emitida por la Casa Blanca en contra de Venezuela, mientras que otros asuntos de relevancia hemisférica pasaron a un segundo plano. Era obvio que si los países de la Unasur concurrían a Panamá la agresión a Venezuela se situaría en el centro del debate, por más que Roberta Jacobson, la secretaria de Estado adjunta para Asuntos Hemisféricos, hubiese declarado que “el caso de Venezuela no sería discutido en Panamá”. Y ante un punto de inflexión histórico como el deshielo en las relaciones de Washington con La Habana sólo cabía esperar que un tema de tal trascendencia ocupara el centro de la escena.

Un primer balance de la cumbre coloca en el lado del haber la ratificación del proceso de normalización diplomática entre esos dos países, abriendo un sendero al final del cual la isla caribeña podrá arrojar por la borda el lastre de más de medio siglo de bloqueos, amenazas y sabotajes de todo tipo. Flagelos que no le impidieron alcanzar en rubros como la salud, la educación, la seguridad social o el acceso a la cultura índices comparables con los de los países desarrollados. Si algo pudo comprobar Barack Obama en fechas recientes fue la dimensión continental, sin fisuras, del apoyo que la Revolución Cubana ha logrado consolidar en esta parte del mundo y, por añadidura, en el concierto internacional.

Las reiteradas y abrumadoras votaciones en la ONU exigiendo el fin del bloqueo norteamericano así lo comprueban. Unanimidad que sorprendió al jefe de la Casa Blanca –hablando por boca de Jacobson– cuando ésta expresó su decepción ante el absoluto rechazo que la Unasur y la Celac manifestaron frente al decreto firmado por Obama el 9 de marzo. Este se encontró de pronto con una región que pese a su heterogeneidad sociopolítica se plantó con firmeza en defensa de un valor también universal –pero que no está incluido en el repertorio oficial de Estados Unidos– como es el respeto por la autodeterminación y el rechazo a toda forma de intervencionismo imperial. Tardíamente advertido de que América latina y el Caribe ya no eran las de antes, la Casa Blanca tuvo que aclarar, previamente a su llegada a Panamá, que el decreto de marras no había que tomarlo al pie de la letra porque era una cosa burocrática y que se estaba trabajando para eliminar a Cuba de la lista de países patrocinantes del terrorismo. Curioso terrorismo el nuestro, ironizaba el presidente Raúl Castro, “que pone los muertos y los discapacitados (3478 y 2099 respectivamente) mientras otros ponen las bombas”. Todo esto fue reconocido en la intervención de Obama en la Cumbre, que también hizo público su compromiso de lograr una mayoría en el Congreso que ponga fin al bloqueo.

El inesperado encuentro de Nicolás Maduro con el presidente norteamericano –que el bolivariano calificó como “serio, franco y cordial”– es una muestra más del giro copernicano que se produjo en las relaciones del imperio con los otrora obedientes satélites que en 1962 expulsaran a Cuba del sistema interamericano. ¿Alguien podría haber creído, cuando en el 2005 George W. Bush llegaba a Mar del Plata para imponer el ALCA, que un gobierno latinoamericano –el de Ecuador– podría desalojar a los militares estadounidenses de la base de Manta u otorgar asilo diplomático a Julian Assange, el enemigo público número uno de Estados Unidos (junto con Edward Snowden) sin correr la misma suerte que Jacobo Arbenz, Juan Bosch o Salvador Allende en Chile? Cambia, todo cambia, recordaba la gran Mercedes Sosa.

Un saldo también positivo fue la didáctica franqueza, inusual en este tipo de almibarados cónclaves, con que algunos mandatarios: Raúl Castro, Rafael Correa, Evo Morales y Cristina Fernández historiaron y denunciaron el saqueo practicado por el imperialismo en la región, su permanente desestabilización de gobiernos democráticos y populares y la incoherencia de la postura norteamericana, que fustiga a algunos gobiernos latinoamericanos por sus supuestos déficit democráticos pero convalida las bárbaras teocracias del Golfo Pérsico. Un socio al que jamás Washington le reprocha nada es Arabia Saudita, donde los partidos políticos están prohibidos, los opositores son exterminados, la prensa absolutamente aherrojada y los derechos humanos, especialmente de las mujeres y ciertas minorías, minuciosamente conculcados. Allí no hay problemas de derechos humanos, gobernabilidad democrática o libertad de prensa: éstas son pestilencias que afectan a los gobiernos progresistas y de izquierda de Nuestra América. Incoherencia que es obscena a la hora de comparar las antitéticas políticas seguidas en relación con países con sistemas unipartidarios: todo bien si se trata de China, un escándalo en el caso de Cuba. El peso de estas incoherencias es tan brutal que todo el edificio discursivo, el “relato” norteamericano, se ha desmoronado irreparablemente. La mellada eficacia de aquél quiere ser reemplazada con el músculo del Pentágono, para desgracia de la humanidad. El empeño fracasará, pero dejará tras de sí un tendal de muertos.

¿Cuál es el “debe” de este balance? No todos los gobiernos actuaron con la misma firmeza. Acompañaron pero en algunos casos sin demasiada convicción. No se pudo discutir sobre las bases militares, las migraciones, la indiferencia ante la destrucción del medio ambiente, etcétera. La obstinación de Washington de no querer oír sino lo que le dicen sus asesores y los lamebotas intelectuales y políticos del imperio se puso de nuevo en evidencia cuando Obama abandonó el recinto poco después de escuchar el rotundo y fundado discurso del presidente cubano. El hecho de que luego mantuviera una larga reunión con éste y una más breve pero muy significativa con Maduro señala claramente la aversión del imperio por este tipo de encuentros. Lo que se dijo y lo que se reprodujo ampliamente por los medios, aun los más incondicionales aliados de Washington, es algo que, recuerda Chomsky, nunca debería ser escuchado por el vulgo. Todo esto lleva a pensar si habrá una VIII cumbre.

* Director del PLED, Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales, Centro Cultural de la Cooperación.


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Claves americanas

Por Andrés Oppenheimer | LA NACION

Ciudad de Panamá.- El apretón de manos entre el presidente Barack Obama y el general Raúl Castro no fue el único síntoma de un cambio de vientos políticos en la Cumbre de las Américas: gran parte de la región dio muestras de una creciente fatiga ideológica y de un nuevo anhelo de pragmatismo.

Claro que hubo los discursos habituales de Cuba, Venezuela, Ecuador y otros países autoritarios culpando al "imperialismo" estadounidense de sus problemas internos, pero la mayor parte de lo que ocurrió en la cumbre mostró una clara pérdida de influencia de Venezuela en la región y, en la mayoría de los países, un deseo de no antagonizar con los Estados Unidos.

La economía latinoamericana está pasando por uno de sus peores momentos de los últimos 15 años tras el desplome de los precios de las materias primas, según datos de las Naciones Unidas. Y con China pasando por una desaceleración económica, Rusia en bancarrota y Europa estancada, muchos países latinoamericanos ven el crecimiento de la economía estadounidense como su mejor apuesta para aumentar sus exportaciones y buscar nuevas inversiones.

Hubo varios signos de cambios políticos en la cumbre.

En primer lugar, Venezuela no logró consenso para una declaración final en condena del reciente decreto ejecutivo de Obama que negó visas de entrada a los Estados Unidos y congeló los depósitos bancarios de siete figuras del gobierno venezolano acusadas de violaciones de los derechos humanos y de corrupción, según dijeron funcionarios panameños horas antes de finalizar el evento.

El presidente Nicolás Maduro, había propuesto tres párrafos en el borrador de la declaración final de la cumbre en la que todos los países participantes rechazaban las "medidas unilaterales coercitivas" de Estados Unidos. Sin embargo, no consiguió un apoyo masivo para esa declaración, ni siquiera para una versión más aguada que no mencionara a Estados Unidos.

En segundo lugar, tras una declaración conjunta de 26 ex presidentes latinoamericanos y españoles que criticaron a los gobiernos de la región por su silencio cómplice ante el encarcelamiento de líderes de la oposición en Venezuela, varios jefes de Estado tomaron cierta distancia de Maduro en materia de derechos humanos. "Nosotros no creemos que la oposición deba ser encarcelada, a menos que haya cometido un delito", dijo Dilma Rousseff en una entrevista con Patricia Janiot, de CNN en Español. Del mismo modo, el nuevo presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, participó junto a Obama en un Foro de la Sociedad Civil que incluyó a líderes de la oposición cubana y activistas de la sociedad civil venezolana. El predecesor de Vázquez, José Mujica, había sido mucho más cercano a Venezuela y a Cuba.

En tercer lugar, los presidentes del Caribe y América Central, la mayoría de cuyos países dependen en gran medida de los subsidios petroleros de Venezuela, se reunieron separadamente con Obama durante el viaje del presidente de Estados Unidos a Jamaica y Panamá, y solicitaron ayuda estadounidense para resolver sus problemas energéticos. Muchos países de la Cuenca del Caribe temen que Venezuela recorte aún más sus subsidios petroleros de Petrocaribe. La economía de Venezuela caerá un siete por ciento este año, lo que equivaldría a la crisis económica más dramática en América latina, según las proyecciones del Fondo Monetario Internacional.

Muchos diplomáticos coinciden en que el temor a un desplome económico y político en Venezuela fue una de las principales motivaciones que llevaron a Cuba a negociar una normalización de las relaciones con Estados Unidos.

Finalmente, los líderes de Brasil, la Argentina, Chile y varios otros países latinoamericanos están políticamente debilitados por problemas internos, incluyendo escándalos de corrupción, y no tienen mucha fuerza para iniciar batallas políticas contra Estados Unidos.

"Por primera vez en los últimos años Washington está llevando a cabo una diplomacia inteligente, que comenzó con el anuncio de una normalización de las relaciones con Cuba", dice José Miguel Vivanco, del grupo de derechos humanos Human Rights Watch. "Eso ayudó a desarmar el clima antiestadounidense que habíamos visto en cumbres anteriores".


Mi opinión: hay un cambio de vientos económicos en América latina que se está traduciendo de manera lenta, pero segura, en un cambio de vientos políticos. El apretón de manos entre Obama y Castro en la noche de apertura de la cumbre -aunque signado por la frialdad y la desconfianza- fue el centro de atención de todos. Puede ser el símbolo de un nuevo pragmatismo en las relaciones interamericanas, forzado por la nueva realidad económica mundial.

lunes, 13 de abril de 2015

Las venas abiertas de América Latina



Hoy falleció Eduardo Galeano, el célebre escritor uruguayo, autor de uno de los libros más leídos e influyentes sobre historia de Nuestra América. En su última imagen pública, de febrero de este año, se lo ve junto a Evo Morales, apoyando el reclamo boliviano de una salida al mar. 





En la Cumbre de las Américas de 2009, Chávez le regaló a Obama un ejemplar de "Las venas abiertas de América Latina", gracias a lo cual el libro se transformó inmediatamente en un best seller en Estados Unidos.


Dos lecturas opuestas sobre la Cumbre: triunfo del antiimperialismo o de Obama?


Por Carlos Aznárez
(Resumen Latinoamericano)

Para Míster Obama la Cumbre panameña se transformó en un abismo. O en otras palabras: el tiro le salió por la culata. Dentro de su estilo prepotente habitual el Imperio supuso que amenazando a Venezuela, el resto de los países se sometería a su mandato y como estuvo ocurriendo durante décadas (cuando se imponía la doctrina del “patio trasero”) aceptarían sin chistar la reconvención de Washington. Ocurrió todo lo contrario y si faltaba poner la guinda en la torta, Panamá fue el escenario que dejó las cosas bien en claro.

Latinoamérica y el Caribe sermonearon otra vez al Tío Sam, lo pusieron en evidencia como no ocurría desde el 2005 en Mar del Plata, cuando ese Comandante Eterno de los condenados de la tierra, le gritó a Bush en pleno rostro, que al ALCA se lo meta donde le quepa.
Sin embargo, esta victoria de los pueblos en la Cumbre panameña adquiere incluso mayor importancia, ya que se produce precisamente en un momento de peligrosa ofensiva estadounidense sobre el continente. Al mismo tiempo que la IV Flota navega en nuestros ríos, las bases militares pululan por donde se mire, y los planes de injerencia abundan en nuestros países con forma de buitres, escuchas telefónicas, espionaje de alto nivel, y maniobras militares encubiertas. A pesar de ello, o mejor dicho, en función de enfrentar estas acechanzas, algunos gobiernos y pueblos concurrieron a Panamá con discursos y acciones de una dignidad apabullante.

En esta cita alternativa a la VII Cumbre de las Américas estarán presentes todos los movimientos sociales que tengan algo que decir sobre los grandes y graves problemas que afectan a nuestros pueblos.

La presencia de Raúl Castro con sus 56 años de Revolución Socialista en la mochila, sentándose nuevamente a una mesa de la que Cuba se retirara hace 35 años, y mostrando que el tiempo no pasa para quienes mantienen en alto los principios, se convirtió en el momento de mayor contenido antiimperialista. Un Raúl (y un Fidel allá en la Isla) enfrentando muy diplomáticamente a un Obama empequeñecido. Desde la otra punta de la mesa, tuvo que escuchar en cuerpo presente (aún no se había fugado) que el bloqueo criminal por él impulsado, sigue causando dolor y muerte al pueblo cubano, que ya es hora de que se levante sin condiciones y que además devuelvan, los piratas de la barra y las estrellas, ese territorio usurpado llamado Guantánamo. Pero sobre todo, el presidente cubano reiteró (en el discurso más aplaudido de la Cumbre) su defensa irrestricta de la agredida Venezuela, arrojando por la borda esas falaces dudas de que en base a la doctrina yanqui del “garrote y la zanahoria”, creada indudablemente para dividir a los pueblos, Cuba iba a dar un paso al costado en su rebeldía. No conocen quienes así piensan, lo que siempre ha significado para el gobierno y el pueblo cubano la solidaridad internacionalista y militante.

En este mismo terreno reconfortó a propios y extraños volver a comprobar el nivel de concientización política y humana que mostraron los componentes de la delegación cubana asumiendo como propia la representación de todos los que no tuvieron posibilidades de participar en la Cumbre. Diciendo con voz clara y precisa que con los mercenarios y cómplices del terrorismo anti-cubano no se podía ni se debía dialogar.
Hacía décadas que Cuba no actuaba en estos tinglados montados con felonía por la OEA y gratificó comprobar que los jóvenes cubanos tienen la Revolución a flor de labio y no se dejan amedrentar por triquiñuelas burocráticas. Detrás de ellos, unidos como en una piña, los integrantes de la delegación venezolana también pusieron a parir a los que pretendían hacer una Cumbre cariñosa con la derecha regional.

Fue un lujo también escuchar en el encuentro de presidentes a un Nicolás Maduro que no dejó nada sin decir, que se “encabronó” para reclamarle a Obama que saque sus narices de la política interna venezolana, recordándole que 14 millones de firmas exigiendo que "anule el decreto ya” no son pocas razones para demostrarle que sus amenazas han caído en el ridículo, que deje de actuar como un referente de la oposición escuálida y que atienda las miserias generadas por el capitalismo en su propio país.
Un Rafael Correa que no quiso dejar pasar la ocasión para espetarle a Obama que “nuestros pueblos nunca más aceptarán la tutela, la injerencia, ni la intervención” y que  "llegó la hora de la segunda y definitiva independencia" de América Latina.
Un Evo Morales, que de manera inhabitual en él prefirió leer su discurso precisamente para no olvidarse ningún punto ni ninguna coma en el relato de tropelías cometidas por los Estados Unidos contra el Tercer Mundo. “Deje de usar el miedo, las políticas de terror, los condicionamientos de toda naturaleza, deje de comportarse como imperio”, sentenció el líder indígena boliviano.

Frente a este embate conjunto de presidentes que representan a sus pueblos, Obama prefirió retirar su cuerpo de la mesa y no escuchar las verdades que le arrojaban como dardos. Fue tan burdo en su descortesía protocolar que la propia presidenta Cristina Kirchner ironizó sobre el tema, señalando: “No sé si estará presente el presidente Obama o si se habrá retirado, no alcanzo a ver, tendría que ponerme los anteojos y no tengo ganas, no está. No importa, alguien se lo contará”.

Pero si faltaba algo, la estocada más filosa contra el discurso imperial sobrevino en ese ámbito de la diplomacia de los pueblos que fue la Cumbre paralela llevada a cabo en el Paraninfo de la Universidad panameña. Allí donde se recordó con memoria fértil y no poco dolor a las miles de víctimas del bombardeo e invasión norteamericana de 1989, a los que también homenajeó el presidente Maduro concurriendo junto con familiares y militantes panameños al histórico y combativo barrio de Los Chorrillos.
La Cumbre de los Pueblos fue el escenario real de lo que ocurre en el continente. Allí se habló de independencia, de soberanía, de luchas contra la megamineria  y los agrotóxicos, de la maldad que significa el bloqueo de cinco décadas a Cuba o el sojuzgamiento imperial a Puerto Rico.
También se pudo escuchar, ya más en familia, a Evo, Correa, Maduro, compartiendo en un ida y vuelta sin pelos en la lengua, lo importante que había resultado esta Cumbre para propinarle una descomunal paliza a los señores de Washington. Por supuesto que aquí sí hubo declaración final de fuerte contenido antiimperialista y por la paz, lo que lamentablemente no ocurrió en la Cumbre oficial por maniobras concesivas con el Imperio, que indudablemente, de haberse producido iba a salir doblemente magullado.

Lo dicho, Obama y su representación de un Imperio que no es invencible, quedaron patéticamente expuestos en Panamá. Podrán inventarse todas las teorías y mentiras que deseen (para eso siempre cuentan con los medios corporativos que cubrieron la Cumbre al gusto de sus amos), intentarán incluso autoconvencerse de que son ciertos sus propias palabras, de que “las relación EEUU-Latinoamérica es la mejor en décadas”, pero no engañan a nadie. Más aún: seguramente en los próximos meses se profundizarán las iniciativas de acercamiento con Cuba e inclusive con Venezuela, producto del cambio de tácticas del Imperio frente a estas palizas que está sufriendo en la batalla de ideas, más la bronca movilizada de nuestros pueblos.
Obama y sus muchachos intentarán minimizar las averías sufridas en su vehículo blindado (y artillado) en el choque contra el rejuvenecido tren latinoamericano, pero los hechos hablan más que las palabras. Esta vez perdieron, digan lo que digan. Ahora falta ir con todo hacia adelante para que levanten el bloqueo a Cuba y anulen el decreto amenazador contra Venezuela. Es lo que nos deben entre tantas agresiones producidas.
Por otra parte, la alegría de hoy no significa que haya que bajar la guardia: el Imperio y el capitalismo son perversos por definición y volverán a pasar al ataque, pero repito: objetivamente Panamá se convirtió coyunturalmente en la tumba de su prepotencia y del discurso injerencista. Por segunda vez en estos últimos diez años, se le pudo decir al Imperio que “América se respeta”, y eso no es poca cosa.
Un párrafo final para la movilización popular latinoamericana que acompañó esta patriada: allí están las numerosas Tribunas Antiimperialistas que se realizaron en varios países en coincidencia con el evento panameño. En Brasil, en El Salvador, en México, y hasta en Europa. O aquí nomás, este pasado viernes en Buenos Aires, donde diversas organizaciones populares argentinas acamparon durante horas frente a la embajada yanqui, repudiaron al Imperio USA y al británico, se solidarizaron con Venezuela Bolivariana y Cuba, y entre gritos y consignas le prendieron fuego a una bandera norteamericana, simbolizando en ese gesto toda la descomunal bronca que suscita el accionar de Obama y sus acólitos.



Cumbre de las Américas

El clima cordial de la reunión entre Obama y Castro disipó la polarización que hubo en otros encuentros entre EE.UU. y la región

Por Joshua Goodman y Peter Orsio  | Agencia AP (La Nación)


CIUDAD DE PANAMÁ.- Como suele ocurrir cuando los presidentes de izquierda de América latina se encuentran con funcionarios norteamericanos, durante la VII Cumbre de las Américas no faltaron los golpes a Estados Unidos.

Desde los saqueos territoriales a México durante el siglo XIX hasta el apoyo norteamericano al derrocamiento del gobierno socialista de Salvador Allende en 1973 y la invasión a Panamá para remover al general Manuel Noriega, las intervenciones de Washington en la región fueron objeto de condena en los largos discursos del presidente Nicolás Maduro y sus aliados. Eso llevó a Barack Obama a retrucarles: "Siempre disfruto de las lecciones de historia que recibo en este lugar".

Pero el histórico encuentro entre Obama y su par cubano, Raúl Castro, es una oportunidad para que Estados Unidos y América latina dejen atrás una historia de rencores y desconfianza y establezcan un rumbo de cooperación más estrecha.

Antes de la cumbre, existía preocupación de que las recientes sanciones de Estados Unidos contra funcionarios venezolanos hicieran marchitar el clima de buena voluntad que generó la decisión de Obama de restablecer relaciones diplomáticas con Cuba, pero esos temores resultaron ser infundados.

Quien marcó el tono conciliador fue Castro, que bromeó diciendo que como Cuba había sido excluida de las anteriores cumbres, tenía derecho a excederse largamente de los ocho minutos asignados a cada uno de los jefes de Estado presentes.

Si bien gran parte del discurso de Castro consistió en condenas a la agresión norteamericana, el punto culminante llegó cuando el ya anciano líder cubano, en un abrupto giro de 180 grados, profesó su admiración por Obama diciendo que había leído sus dos libros de memorias y que estaba convencido de que era "un hombre honesto" que no había olvidado sus raíces humildes.

Hasta Maduro se aplacó y renunció a su amenaza de entregar una petición firmada por 10 millones de venezolanos para que Obama diera marcha atrás con las sanciones. En cambio, hacia el cierre de la "Cumbre de la Verdad", mantuvo un intercambio privado con Obama, que según Maduro podría abrir la puerta para un diálogo fructífero.

Richard Feinberg, ex funcionario de la Casa Blanca que colaboró en la organización de la primera Cumbre de las Américas (Miami, 1994), dijo que la perspectiva de una distensión entre Estados Unidos y Cuba ha restado mucho impulso a las virulentas críticas antinorteamericanas.

"Tres de las cuatro últimas cumbres fueron de antagonismo con Estados Unidos, impulsadas por el ALBA", dijo Feinberg en referencia al bloque de gobiernos izquierdistas liderado por Venezuela. "Pero, a diferencia de antes, esta vez se advierte que el ALBA no consiguió demasiado apoyo de los países moderados."

El presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, no hizo mención a las sanciones sobre Venezuela. Dilma Rousseff sí lo hizo, pero brevemente y, según Feinberg, para consumo de su base electoral de izquierda en Brasil. Hasta Castro, que durante años fue el aliado más inclaudicable de Venezuela, sólo dedicó a las sanciones el mismo tiempo de su discurso que usó para hablar de otros rancios rencores regionales.

El entusiasmo por el acercamiento con Cuba era enorme, y Obama hizo un llamado a un "nuevo capítulo de compromisos" en las relaciones entre Estados Unidos y América latina, pero también admitió que ese cambio llegaría gradualmente.

Entre muchos latinoamericanos que llegaron a adultos durante la Guerra Fría, cuando Estados Unidos apoyaba fuertemente a las dictaduras militares de la región, la desconfianza hacia Washington sigue siendo muy fuerte. Para muchos, las sanciones unilaterales contra Venezuela representan un regreso a las medidas de mano dura que Obama prometió desterrar.

Los líderes regionales están a la espera de que se cumpla la promesa de Obama de evaluar retirar a Cuba de la lista de Estados que patrocinan el terrorismo y de levantar el embargo comercial contra la isla, dos obstáculos clave en el camino de la normalización con Cuba y de mejorar los lazos con la región.

Tanto Estados Unidos como América latina evitaron hacer una declaración final conjunta. Pero el humor era considerablemente más amable que en la cumbre anterior en Colombia, de la que muchos líderes se fueron diciendo que no volverían a celebrar otro encuentro con Estados Unidos en el que Cuba no fuese incluida. Otra pequeña señal de descongelamiento fue el anuncio de Dilma de haber aceptado visitar la Casa Blanca, un viaje postergado desde 2013, cuando se supo que se espiaban las comunicaciones privadas de la presidenta de Brasil.

Más allá de la política, parece haber incentivos económicos para esta renovación de las relaciones entre Estados Unidos y sus vecinos. El auge latinoamericano impulsado por el precio de las commodities parece haber llegado a su fin después de una década, forzando a la austeridad a gobiernos izquierdistas que se mantuvieron en el poder gastando pródigamente en programas sociales.


La economía de China se está ralentizando, y necesita menos petróleo venezolano, menos cobre chileno y menos oro peruano. Pero la economía de Estados Unidos está casi en plena potencia una vez más, tras una larga recesión, y las empresas norteamericanas necesitan proveedores. La región es su mercado natural. "Supongo que podríamos pasar horas hablando de las ofensas del pasado, y supongo que es posible usar cada tanto a Estados Unidos como excusa para los problemas políticos internos de cada país -dijo Obama ante los líderes de la región-. Pero eso no conducirá al progreso. Eso no resolverá los problemas de chicos que no saben leer, que no tienen para comer. No hará que nuestros países sean más productivos o más competitivos en la economía global."